Monday, October 09, 2006

Acechando

Dejó sus maletas en el piso de la cochera. Hurgó en sus bolsillos hasta encontrar las escurridizas llaves de la puerta principal. Por lo general sabía en que bolsa se encontraban y segundos después escuchaba su tintineo, pero esta vez estaba nervioso y su cuerpo y su mente no respondían igual que siempre.

A diferencia de las otras veces batalló para encontrar la llave correcta, y por si fuera poco, también batalló para hacerla entrar en el ojo de la cerradura. Su corazón latía a gran velocidad y podía percibir la fuerza de su pulso con un temblor en su cuello con cada latido.

La noche era oscura, era una noche de luna llena pero estaba oculta detrás de nubes de tormenta. Recordó el lejano día que hizo sus maletas y se fue. Era un día soleado, las flores y el césped despedían un delicioso aroma gracias al rocío de la mañana. Tenía que irse por algunas semanas. Parecía que una fuerza divina organizó todo para que tuviera que partir. El miedo a lo que acechaba en su casa empezaba a hacerse más y más fuerte, por lo que fue un alivio saber que tenía que alejarse por algún tiempo. Tenía la esperanza de no encontrar nada a su regreso, pero ahora sabía que eso solamente era una falsa esperanza.

Abrió lentamente la puerta, parecía imposible que su corazón latiera más aprisa pero aún así comenzó a hacerlo. Escuchó que algo se escondía cuando encendió la puerta del corredor. Regresó a la cochera por las maletas y entró lentamente. Un olor a encerrado le entró de lleno por las fosas nasales y le provocó una sensación de naúseas. Caminó 5 pasos arrastrando las maletas con los pies y encendió la luz de la sala. De nuevo escuchó un ruido como de algo corriendo o arrastrándose, tratando de ser sigiloso para que no se pudiera saber en que parte de la casa se encontraba pero sin ser lo suficientemente sigiloso como para que no se percibiera su presencia. Era una especie de juego para hacerle ver que hiciera lo que hiciera seguiría ahí, acechando, esperando el momento justo para atacar.

Dejó las maletas junto a uno de los sillones. Se sentó unos minutos para tratar de calmar su corazón y que la lucidez regresara a su mente, pero lo único que podía sentir era miedo. Trató de respirar profundamente, llenar sus pulmones de aire fresco, aunque lo que llenaba sus pulmones no se acercaba ni remotamente a considerarse aire fresco.

Se armó de valor y se levantó rápidamente, fue de cuarto en cuarto a encender todas las luces esperando en todo momento ser atacado. En ninguna de las habitaciones pudo ver algo que le amenazara, pero sabía que ahí estaba, sentía su presencia en todo momento. Desempacó las cosas poco a poco y se dirigió a la cocina a tomar un sorbo de agua. Empezó a sentir el cansancio invadiéndolo. El viaje fue largo, y el rápido latir de su corazón y el miedo recorriéndolo aumentaron esa sensación de cansancio.

Regresó a su cuarto, se desvistió lentamente y se puso su ropa para dormir. Sentía la necesidad urgente de cerrar los ojos y dejarse llevar a los rincones del sueño reparador, pero tenía miedo de que lo que lo estuvo esperando todo este tiempo aprovechara su descuido para atacarlo. Se acostó y encendió la luz del buró. Sacó el libro que había empezado en el camino de regreso. Trató de leer un poco, de hacerse pasar por el personaje principal y buscar la forma de evadir a los que lo perseguían por el secreto que llevaba consigo, sentir los labios de la heroína y saborear su cuerpo escultural que siempre tienen las mujeres en los libros de intriga. Pero no lo logró, cuando imaginaba la persecución por el centro de la ciudad no podía voltear atrás porque sabía que lo que vería lo asustaría más que unos asesinos con armas de última generación. Cuando se imaginaba haciéndole el amor a la bella mujer sentía como algo le caminaba por la espalda con cada embestida que daba.

Dejó el libro en el buró y perdió su mirada en el techo de su habitación. Se puso a recordar todos los detalles de su viaje desde su partida, la ropa que empacó y en que orden lo hizo, la cantidad de veces que hizo una lista mental de lo que llevaba para asegurarse que no le faltaba nada, las llamadas con las que avisó a amigos y familiares el tiempo que estaría fuera, etc. Pero aún haciendo esto no logró tranquilizarse, cada vez que pestañeaba escuchaba ruidos que ya no podía saber si eran producto de su imaginación, del cansancio o de lo que sea que se encontraba en su casa.

Una semana antes de su partida vió una pequeña sombra correr entre la habitación principal y el cuarto de la televisión. Desde ese día supo que algo extraño compartía la casa con él. Trató de darle forma de algo conocido a esa sombra pero por más esfuerzos que hizo no lo logró. Era demasiado grande para ser una araña, una cucharacha o un insecto de ese tipo. Era más grande que un pequeño ratón como los que alguna vez tuvo de mascotas pero la cola que tenía parecía más de un insecto que de un mamífero. Era casi tan grande como una rata, pero la sombra que vió tenía más de cuatro patas, y no se movía como una rata o algún animal de ese tipo.

Trató de olvidarse de eso y siguió pensando en las personas que conoció en su viaje, en el trabajo que realizó estando allá, en la deliciosa comida de los restaurantes a los que fue, en todo lo que hizo y vio en ese tiempo. Pero los ruidos lo regresaban a su presente y a lo que aguardaba un ligero descuido para abalanzarse contra él.

Los minutos transcurrieron lentamente, volteó a ver el reloj y se dió cuenta que apenas había pasado una hora y media de que abordó el taxi del aeropuerto a su casa. Tomando en cuenta la distancia que recorrió el taxi y el poco tráfico que se encontraron calculó que no tenía más de 60 minutos que había llegado a su casa, lo que le indicaba que tenía alrededor de 30 minutos acostado, de los cuales 10 habían sido de lectura y el resto los había utilizado en estar pensando.

Faltaban todavía algunas horas para el amanecer y el cansancio era cada vez mayor. Cerró los ojos unos segundos pero el ruido que escuchó en la habitación contigua lo obligó a abrirlos nuevamente. Notó nuevamente el miedo en su cuerpo, no es que minutos antes lo hubiera abandonado, sino más bien que se había acostumbrado a él como se acostumbra uno al ruido del refrigerador o cualquier sonido monótono y solamente lo notas cuando careces de él o aumenta.

Volteó a ver nuevamente el reloj, solamente 2 minutos se habían sumado a la cuenta de los minutos que llevaba acostado. 2 minutos que se sintieron eternos. Cambió su postura en la cama, su cuerpo tenso reclamó el movimiento con un ligero dolor en la espalda. Con el movimiento quedó mirando al lado contrario de la entrada de la habitación. Escuchó moverse a su espalda aquello que esperaba pacientemente y cambió de posición inmediatamente al lado contrario sin importarle que su cuerpo reclamara con más fuerza.

Siguieron transcurriendo minutos que más bien parecían segundos. Cualquier pensamiento que cruzaba su mente para tranquilizarlo se veía espantado a la brevedad por un ligero sonido o por el movimiento de una sombra en algún lugar de la habitación.

El cansancio seguía en aumento, cada vez le costaba más trabajo mantener los ojos abiertos. Cambió de postura nuevamente quedando boca arriba. Las grietas del techo formaban extrañas y amenazadoras figuras. Seguían faltando algunas horas para el alba y seguía teniendo miedo de ser atacado por aquello que amenazaba tras las puertas.

Los minutos pasaban lentamente, el cansancio le estaba ganando la batalla. Los pestañeos cada vez duraban más tiempo, hasta que algo en su interior lo obligaba a reaccionar y a abrir los ojos. Todavía faltaban algunas horas para que el sol aliviara su miedo obligando a aquello que se movía en las sombras a desaparecer.

Siguió pensando en cosas triviales hasta que el sueño lo venció. Cerró los ojos unos minutos, su cerebro seguía alerta y escuchó el ruido de pequeñas patas trepando por la pared, pero su cuerpo no respondía a la orden de abrir los ojos y agarrar cualquier cosa que pudiera ser utilizada como arma. Una pantufla, el vaso de agua que siempre tenía en el buró o el libro que estuvo leyendo. Conforme se escuchaba el movimiento más cerca el miedo aumentaba. Sintió unas patas puntiagudas subir por su pierna derecha y llegar a su abdomen. Caminaron sobre su pecho y sintió una punzada en el corazón. Abrió los ojos y solamente vio una sombra encima de el, una sombra más grande que un ratón y más pequeña que una rata. No pudo distinguir nada mas. Nadie escuchó su grito de pavor. Nadie encontró nada que pudiera ayudar a esclarecer la causa de su muerte cuando algunos días después el olor a carne podrida empezó a inquietar a los vecinos. Nadie escuchó los pequeños pasos en la oscuridad. Nadie vio la sombra acechando en la esquina de la habitación, bajo el buró.

(Cuento inédito, Octubre 2006)

1 Comments:

At 10:28 PM, Blogger ac said...

woooow...

Esto me suena a entre Poe y Lovecraft... ;) muy bien!!!!

 

Post a Comment

<< Home